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ANÁLISIS

Sarmiento y el sueño minero que no pudo ser

Domingo Faustino Sarmiento y el sueño minero que no pudo ser

MINING PRESS/El Esquiu

JUAN BATALLER

El futuro de San Juan, para Sarmiento, pasaba por la minería

El futuro de San Juan, para Sarmiento, pasaba por la minería. Desde que asumió la gobernación, puso el acento en ese objetivo. Y movió cielo y tierra en Buenos Aires y el extranjero para atraer técnicos y capitales.

“Necesito dos años de seguridad y confianza para hacerle dar a las minas en barras de plata sus frutos”, escribía al presidente Mitre.

“San Juan es un vasto mineral de plata, bastante para transformar a la República”, le decía a su amigo José Posse.

Trajo a la provincia algunos asesores como el mineralogista inglés Francisco Ignacio Rickard y los ingenieros Gustavo Grothe y Enrique Shade y pronto se encontró casi en un estado de éxtasis imaginando fabulosos yacimientos.

-Estamos en vísperas de una época nueva, acaso uno de esos grandes movimientos que han hecho surgir las naciones... Las minas son una realidad como California... En un año exportaremos barras por dos millones de duros... – contaba Sarmiento a Mitre en una carta fechada el 14 de mayo de 1862.

Y dos semanas después volvía a escribirle al presidente con el mismo entusiasmo:

-Las minas de Chañarcillo (Copiapó, Chile) eran veinte vetas y las de San Juan son mil descubiertas, no se ha descubierto jamás país más mineralizado, más grande... Vancouver ha tenido treinta mil visitantes al anuncio de existir lavaderos de oro y California y Australia son hoy naciones más poderosas que la República Argentina con tres siglos de existencia.

Sarmiento vivía obsesionado con el tema minero. Sin ser un especialista, sus conocimientos eran amplios. Fue minero en Copiapó y publicó notas sobre legislación minera en diarios chilenos. Además su pariente, Domingo de Oro, había trabajado muchos años en Chile y por eso lo designó el primer diputado de minas, organismo con facultades de reconocimiento de posesiones mineras y caducidad de las pertenencias, entendiendo en todo lo administrativo y reglamentario.

Sus contactos con el metalurgista inglés Francisco Ignacio Richard, a quién hizo venir desde Valparaíso, lo mismo que al ingeniero Joaquín Godoy al que contrató para que trabajara en la diputación de Minas y su insaciable hambre de progreso lo hacían soñar despierto.

En San Juan no hay capitales –le escribe a Mitre- pero espero hallarlos en Valparaíso y Buenos Aires. ¡Qué hacer para obtener 200 mil duros, para poner en marcha esta poderosa máquina! ¡unos pobres 4 millones de papel!

La minería alcanzaba para Sarmiento una dimensión alucinante. Aunque él las veía como la base para el desarrollo integral de la provincia pues sería el sostén de la industria, la agricultura, el comercio y la lucha contra el desierto. En ese sentido, Sarmiento sabía que las minas un día se agotan por lo que consideraba necesario desarrollar otros sectores de la economía.

-Desgraciadamente, las minas tienen los defectos de sus cualidades. Las viñas devuelven en caldos y licores el agua y el sudor que las fecundaron. Las minas, cuando no dan, dejan en la calle al aventurero que le pide millones.

A esta altura caben algunas reflexiones. Sarmiento creyó en el porvenir minero de San Juan. Y no se equivocó.

Pero falló en un aspecto: los resultados nunca son inmediatos.

No era soplar y hacer botellas. No alcanzaba con buenas intenciones para atraer técnicos, estudios, capitales.

Hizo cosas positivas, como la creación de la diputación de minas, a instancias de Rickard incluyó la cátedra de mineralogía y química en el Colegio Preparatorio y hasta fundó Villa Rickard en el Tontal para la explotación del yacimiento.

Contradictorio siempre, el mismo Sarmiento advierte que la empresa no es fácil.

-Las minas son una realidad, no del género brillante de Copiapó sino a la manera de la lluvia de invierno, lenta y nutrida…

Pero el optimista pronto sepultaba al realista y no dudaba en afirmar:

-Muerto el Chacho la pesadilla de San Juan y humeando en el Tontal los hornos de Rickard, he pagado mi deuda al suelo de mi cuna, la tumba después, donde caiga…

El 21 de julio de 1862 se constituyó la Sociedad anónima de Minas de San Juan, llamada la Compañía de Minas. Medio San Juan –entre los que se encontraban pequeños y medianos capitales- suscribió acciones. Quedaba la tarea más difícil: atraer los grandes capitales.
Envió a Buenos Aires al diputado de minas Domingo de Oro y al ingeniero Rickard para difundir el proyecto y seguir luego a Inglaterra para comprar maquinaria para el yacimiento y traer inmigrantes para las colonias agrícolas. Gran propagandista, Sarmiento no ahorraba calificativos:

-Las minas son una realidad como en California.
-Se construyen hornos, trapiches y máquinas de amalgamación...
-Estamos en víspera de una época nueva...
-Podemos devolver a usted, a Buenos Aires y a la República entera lo que me anticipen....

El gobierno nacional fue esquivo en un comienzo. Pero era Sarmiento quién pedía insistentemente.

Bartolito Mitre, hijo del presidente, visitó los puestos mineros. Y el presidente decidió que la Nación se suscribiera con 12 mil pesos plata en acciones de la Compañía de Minas. Pero, quizás porque no creía en los sueños de Sarmiento y no deseaba que la Nación fuera socia de la Compañía, decidió que las acciones fueran cedidas a la provincia. Las acciones se emitieron, se construyeron algunos hornos de fundición y se intensificaron los trabajos.

-Las minas están a punto de abrir sus capullos. Los trabajos de Rickard marchan aceleradamente. En dos meses más están montadas las máquinas y hornos de fundición en abundancia... – escribía Sarmiento al presidente.
Pero la realidad se impuso con toda su crudeza. Sarmiento ya estaba con un pie en el extranjero pues había sido designado en Washington. Acongojado escribe al presidente.

-Lo que me tiene perplejo es el estado de la Sociedad de Minas, que se halla en crisis. Hoy se enciende el primer horno para la fundición de metales. Hoy he enviado nueve mil pesos para la compra de metales... Principian los trabajos de producción y no hay metales para sostener el trabajo un mes ni plata para comprar. Hasta hoy no ha llegado ni aviso de que se esté cobrando el tercer pedido en Buenos Aires y esos doce mil pesos fuertes no llegan en un mes, los de San Juan están invertidos en metales pues basta quince o veinte cajones para absorber aquella suma. Y los hornos paran y los salarios de Rickard, horneros, encargados y maquinistas nos devoran. La desconfianza cunde, el cuarto pedido no puede hacerse y la sociedad quiebra... La caída será tan estrepitosa que hasta Londres llegará el rumor y la decepción...

Nada quedó de aquel gran sueño. La minería no perdona los emprendimientos que no se asientan en modernas tecnologías y grandes capitales.

Tampoco guarda recuerdos de aquellos sitios donde no se tomaron recaudos para que el desarrollo sea sostenido cuando el mineral se agote.

Aparte de vestigios de las plantas de fundición de Hilario y Sorocayense, un trapiche en el alto del Tontal, ruinas de máquinas y vías Decauvile, nada quedó...  Villa Rickard nunca figuraría en los mapas.

La minería en aquellos años

Cuenta Horacio Videla en su obra “Historia de San Juan” que la realidad de las minas y su producción en la época de Sarmiento “está dada por el Plano topográfico de Augusto Grothe y Enrique Schade, levantado en 1863 durante la gobernación de Sarmiento y por las estadísticas conservadas del año 1964”.
En el mencionado plano consta la existencia de diversas minas y puestos de trabajo de minerales en los siguientes parajes:

En Castaño, Barreal y Calingasta: el mineral del Tontal (plata y plomo); la fundición Babie (plata), Hilario (fundición de plata), Sorocayense (amalgamación), máquina de gas, mineral del Castaño (plata)
En Iglesia: el mineral del Anticristo (cobre y plata), de Chila (oro), del Rayado (hierro), del Salado (plata).

En Jáchal: el mineral de Guachi (oro) y de Gualilán (oro)

En Valle Fértil: mineral del Morado (oro), de la Huerta (plata), del Cerro Blanco (plata y oro), de Marayes (plata y oro), de Guayaguas (plata).

Según Videla, por una nómina presentada por Melitón Maradona el 12 de diciembre de 1862 sobre el personal ocupado en la Sierra de la Huerta, se acredita que ahí funcionaban cinco minas: Mina Millonaria, Mina Andrea, Mina del Portezuelo San Pedro, Mina Isaura y mina Diosa.

Las estadísticas de 1864 confirman estos yacimientos y agregan otros dos: el Pedernal (oro) y el Acequión (zinc y plata). La producción minera de San Juan en ese año informa textualmente: 5.250 ps. bols de oro en pasta y 97.812 ps. de plata en barra y mineral.

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