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ANÁLISIS

Escribe Alonso: Augusto Tapia, el sabio mutilado

MINING PRESS/El Tribuno

Su vida es un ejemplo de superación: tras un accidente que le hizo perder ocho dedos, continuó recorriendo el país, investigando y dando cátedra como uno de los mayores expertos en hidrología del Norte. 

Su nombre se fue perdiendo y su historia biográfica también.Forma parte de ese colectivo de grandes hombres de ciencia que dio la Argentina pero que el implacable paso del tiempo sepultó en el panteón del anonimato.

Durante el último desborde del Pilcomayo su nombre volvió a la memoria gracias a la magnífica obra que publicara sobre el río indomable de la América del Sur.

Pero ¿Quién fue Augusto Tapia?

Por algunas escasas reseñas biográficas se sabe que nació en Buenos Aires el 5 de abril de 1893. Estudió en la Universidad Nacional de La Plata, donde obtuvo el título de geólogo y también el de perito agrícola ganadero. Se encuentra entre los primeros geólogos argentinos egresados de universidades argentinas. No es el caso de su amigo y colega José María Sobral, el "Alférez Sobral", que invernó con Nordenskiold en la Antártida y luego estudió en la Universidad de Upsala (Suecia).

El impulso sarmientino

Tapia casó en 1915 con Cecilia Marandet e ingresó como ayudante geólogo en la Dirección de Minas, Geología e Hidrología del Ministerio de Agricultura (DMGH). Allí le tocó actuar con los grandes científicos alemanes que llegaron a nuestro país a comienzos del siglo XX y que arrastraban la tradición fundada por Sarmiento cuando creó en Córdoba la Academia Nacional de Ciencias. Entre ellos Juan Keidel (1877-1954) que apoyaría a Wegener en sus argumentos de la deriva continental, en base a las antiguas conexiones entre las sierras de Buenos Aires y Sudáfrica; Ricardo Wichmann (1880-1930), estudioso de la geología patagónica y descubridor de dinosaurios y, Pablo Groeber (1885-1964), a quien se le deben explicaciones pioneras sobre el levantamiento y deformación de los Andes. Con todos ellos habría de publicar contribuciones científicas. Precisamente acompañando a Keidel y a Wichmann, participó en 1917 de un informe sobre el potencial petrolífero del Golfo de San Jorge y la provisión de agua potable para Comodoro Rivadavia.

También entre 1917 y 1919 realizó estudios geológicos en la costa atlántica (Miramar, Mar del Plata), río Salado y Esperanza (Santa Fe), Valle del Río Negro y río Colorado, entre otros. Su vida daría un vuelco trágico por una fatalidad del destino.

El coraje de un científico

En 1920 fue invitado a formar parte de la comisión científica a las islas Orcadas del Sur, donde la Argentina tiene un observatorio meteorológico desde 1904. Dicha base es el establecimiento humano permanente más antiguo existente hoy en todo el territorio antártico.

Tapia realizaba en la isla Laurie la clásica invernada junto a un grupo reducido compuesto por Guillermo Kopelmann (jefe), Bruno Collasius, A. J. B. Boracchia y Jorge Piper. Como todos los días, Tapia partió a media mañana a tomar la temperatura del agua de mar. Al no regresar en el horario prefijado sus compañeros se alertaron y salieron a buscarlo.

Las huellas indicaban que al volver, una tormenta de nieve lo hizo extraviarse. Luego de una hora de búsqueda lo encontraron caído en el fondo de un barranco con el agua a la cintura y las manos metidas en el hielo. Lo rescataron casi muerto y lo llevaron a la base. Allí le practicaron toda clase de curaciones de emergencia con los pocos recursos que se tenían.

Recuperó la conciencia pero los dedos de la mano no mostraban signos de circulación sanguínea: se habían congelado.

Con los días empezaron a aparecer puntos negros que evidenciaban principios de gangrena. Las curaciones no obraban ninguna recuperación y ya habían pasado dos meses desde el accidente por lo que se decidió que había que amputar. Estaban completamente aislados y sin posibilidad de ayuda. Tapia dio el consentimiento y se labró un acta. Con un rústico bisturí, tijeras y sin anestesia comenzaron a cortar todos los dedos, menos los pulgares que habían resistido. Se le amputaron ocho dedos, salvando unas pocas falanges. Pensemos en el valor de Tapia para someterse en esas condiciones a la operación y el de sus compañeros que actuaron de cirujanos de oficio. Era julio y todavía quedaba medio año antes de que fueran rescatados.

Durante esos largos meses y mutilado como estaba, comenzó a realizar observaciones sobre la glaciología antártica. Dio nombres a lugares como los glaciares Ameghino (por Carlos Ameghino), Sobral (por el "Alférez" Sobral), Moreno (por el Perito Moreno), así como punta Lola y cabo Mabel. En 1925 publicó el resultado de sus observaciones antárticas en un trabajo titulado "Sobre los rasgos principales de la glaciación actual en la isla Laurie, Archipiélago de las Orcadas del Sur" (Publicación 7, DMGH). Este trabajo, pionero, lo convirtió en el primer glaciólogo antártico argentino.

De regreso a Buenos Aires, luego de la fatalidad en acto de servicio, podría haberse retirado en 1921. Sin embargo aprovechó para entrenar sus manos y valerse de ellas para volver a escribir y dibujar.

En los ríos norteños

Un año después, en 1922 lo encontramos realizando estudios en los glaciares del Aconquija en Tucumán y Catamarca, trabajo que publicaría en 1925 la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) bajo el título: "Apuntes sobre glaciarismo pleistocénico del Nevado del Aconquija" (Anales, 4). Finalmente sus intereses se derivarían al campo de las aguas superficiales y subterráneas donde hizo aportes fundamentales y pioneros en hidrología e hidrogeología. Recorrió la geografía argentina desde Salta hasta la Antártida, realizando innumerables campañas al terreno.

Efectuó estudios para la provisión de aguas subterráneas en Fiambalá, Londres y Belén (Catamarca, 1924), en el Territorio Nacional de La Pampa (1930), Los Llanos, macizo de Velazco, Aimogasta y valle del río San Blas de los Sauces (La Rioja, 1940); Tunuyán, diamante y Desaguadero (Mendoza, 1934).

Estudió embalses en el río San Juan (1932); un estudio sobre el hombre prehistórico en las cavernas de Ojo de Agua y Las Hachas (La Brava, Buenos Aires, 1937); la geología del emplazamiento del dique de Paso de las Carretas (San Luis, 1932); su clásico estudio sobre el río Pilcomayo y las llanuras argentinas (1935); la geología de Formosa (1934), entre otro medio centenar de aportes científicos y técnicos. En 1941 dio a conocer el “Mapa hidrogeológico general de la República Argentina” a escala 1: 5.000.000. 
El gobierno argentino lo designó delegado ante el Congreso Internacional de Geografía de Ámsterdam. Por sus amplios conocimientos sobre el Pilcomayo fue nombrado por el Ministerio de Relaciones Exteriores como miembro de la Comisión Demarcatoria de Límites con el Paraguay. 
También debe destacarse su importante rol docente, ya que entre 1924 y 1948 estuvo vinculado como profesor en el Colegio Militar de la Nación, Escuela Superior de Comercio, Universidad Nacional de La Plata y finalmente en la Universidad Nacional del Sur, instituciones donde enseñó materias relacionadas con la Geografía Física, Económica y Política. 

Un sabio con todas las letras

Cuenta uno de sus biógrafos que su paso por la cátedra universitaria se recuerda por la increíble capacidad para trazar los perfiles de cualquier latitud de la república. Luego de esbozar el mapa del país en el pizarrón, pedía a sus alumnos que le señalaran una latitud. Y acto seguido, diseñaba el perfil de esa latitud, totalmente de memoria, con su geología, flora y fauna, isohietas e isobaras medias anuales, nombre de los accidentes geográficos de esa latitud. Sostenía la tiza con el pulgar y el muñón del dedo índice, mientras que en la mano izquierda, entre las dos primeras falanges, mantenía de forma permanente un cigarrillo encendido, compañero inseparable de sus campañas y sus cátedras. La vida de Augusto Tapia (1893-1966), es la de un ejemplo de superación luego del infausto accidente. Utilizó la fortaleza de su espíritu y su férrea convicción para posicionarse como una figura señera de la ciencia argentina y, pionera además, en los campos de la glaciología y la hidrogeología. El premio científico “Perito Augusto Tapia”, en La Pampa, honra su memoria. 

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